CUENTOS #3 | En espera de una definición | Por: Fernando Sorrentino.

Yo estoy dominado por un mosquito. En cuanto se le antoje, me matará. Por suerte, hasta ahora no ha abusado de su poder: ejerce su autoridad con moderación, sin arbitrariedad, en una forma —diríamos— constitucional. Pero, en cualquier caso, debe sobreentenderse que mi obediencia no emana de un reconocimiento de sus méritos o virtudes, sino del temor que me infunde.
Si él lo considerara conveniente, me mataría, y su crimen —o ejecución— quedaría impune. Aun en el caso de que las autoridades judiciales pudiesen establecer fehacientemente que él es el homicida, no podrían castigarlo: no sólo por el hecho secundario de que esa figura delictiva no está prevista por el código penal, sino también porque él no permitiría que lo hicieran. Por fortuna, tengo suficientes elementos de juicio para suponer que —si yo no le doy motivo— ha desechado para siempre la idea de ajusticiarme.
Él se halla sobre la pared, cerca del vértice de un cuadro pintado al óleo que representa un paisaje imposible donde dos pastoras, al parecer españolas, con sendos cayados, conversan sobre asuntos desconocidos, rodeadas de dóciles ovejas, el recto lomo de una de las cuales coincide horriblemente con la línea del horizonte. La topografía es abundante y multicolor: hay una llanura verde, hay dos montañas violetas coronadas de blanco y hay un río azul que desemboca en un lago grisáceo. Nada entiendo de artes plásticas, pero siempre me ha parecido que ese cuadro carece de todo valor estético. Sin embargo, se diría que al mosquito no le interesan los valores estéticos —y, tal vez, ninguna otra clase de valores—. Por lo menos, nunca ha manifestado aplauso ni reprobación.
Más bien tiende a ocuparse de otros menesteres. Durante la mañana le agrada recorrer la casa, quizá sin un fin determinado. Pero el hecho es que, desde el comedor, donde ha establecido su sede gubernamental, se dirige en primer término hacia la cocina, donde parece —pero, sin duda, es una mera imaginación mía— interesarse en el brillo de una cacerolita de mango negro y alargado. A veces he pensado en por qué le llamará tanto la atención un objeto del todo insípido; después razoné que él, al fin y al cabo, no es más que un mosquito. En la cocina es donde más tiempo permanece. Luego recorre el vestíbulo, el dormitorio y la otra piecita, sin detenerse de manera especial en ningún elemento. Creo que su fin es menos controlar el buen funcionamiento de la casa que ratificar la autoridad sobre sus dominios.
Al mediodía —para ser más exacto, a las doce y media— almuerza. Su dieta no es variada. Todos los días come una rodaja de morcilla vasca, que yo le sirvo en un platito de porcelana (él no admitiría otro). Aún recuerdo el día en que rechazó una tajada de morcilla criolla que yo, en mi obsecuencia, le había llevado para ganar su favor: tuve que bajar presuroso hasta la carnicería y comprarle su manjar preferido y excluyente. Una vez que he dejado el plato sobre la mesa, debo retirarme en seguida, pues no quiere que haya nadie presente mientras come. No obstante, también yo tengo alguna dosis de astucia, y, en ciertas ocasiones —cuando no tengo otra cosa más urgente para hacer—, lo espío a través del ojo de la cerradura. Lo cierto es que ésta es una acción bastante tonta: no hay nada notable en lo que veo. Apenas el mosquito tiene la seguridad de que yo he abandonado el comedor, desciende, con lentitud apropiada a su investidura, hasta el plato de porcelana. Luego clava su trompita en la morcilla y sorbe con calma y avidez la sangre (despreciando, paradójicamente, los trozos de nuez, que son los que diferencian la morcilla vasca de la criolla): en esta acción no hay nada que lo distinga del resto de los mosquitos del mundo. Su almuerzo dura, por lo general, entre dos y tres minutos.
(En realidad, he mentido al decir que lo espío cuando no tengo otra cosa más urgente para hacer: lo cierto es que lo espío todos los días. Es fascinante penetrar en la intimidad de los poderosos.)
Una vez que ha satisfecho su apetito, lo invade una suerte de modorra y pesadez, y, en apariencia, ya no puede regresar a su residencia vecina al cuadro de las ovejas. Prefiere dormir entonces una especie de siesta, sobre el zócalo, en un preciso lugar en que la pintura está algo descascarada. Se despierta a eso de las cinco de la tarde, y ya no vuelve a recorrer la casa: se ubica de nuevo junto al cuadro y permanece allí hasta la hora de la cena.
A propósito de estos detalles, supuse que el conocer con tanta exactitud sus hábitos de vida me proporcionaba alguna ventaja para deshacerme de él. Lo intenté una sola vez: tan mal me fue, que no osé una segunda. Los hechos —no me avergüenza recordarlos— se produjeron de la siguiente manera:
En esa ocasión me pareció que su almuerzo había durado más de lo habitual y que el mosquito estaba más abotagado que de costumbre. Entonces me descalcé y, llevando como arma una alpargata, me acerqué, con el alma en un hilo, en el mayor sigilo posible, hasta hallarme junto al zócalo en que él dormía o simulaba dormir. Por un instante la soberbia me cegó y creí que podría estrellarlo fácilmente con la alpargata contra la madera del zócalo. Pero, en el preciso segundo en que ya le asestaba el golpe fatal, remontó vuelo con rapidez y se lanzó hacia mi rostro. Inicié entonces, gritando de terror, enloquecido, una fuga despavorida por toda la casa. ¡Con cuánta velocidad volaba él, cómo se mimetizaba contra los fondos oscuros, qué silenciosa era su persecución, cuántos obstáculos me impedían desplazarme con la celeridad que lo peligroso del caso requería! Procuré hacer girar la llave en la cerradura para abrir la puerta y huir para siempre de mi casa; pero esta operación resultó imposible. El mosquito no me daba tiempo, la llave se me trababa, mis dedos estaban agarrotados. Corrí, corrí por toda la casa, corrí sin poder interponer una puerta cerrada entre él y yo, corrí tropezando con muebles, derribando sillas, rompiendo jarrones y cristales, desgarrándome la ropa, hiriéndome las rodillas y los pies descalzos. Corrí, corrí, corrí, hasta que, extenuado de cansancio y terror, caí de rodillas.
—¡Perdón! ¡Perdón! —grité con las manos entrelazadas y extendidas en expresión suplicante—. ¡Lo juro, lo juro por lo más sagrado! ¡Juro no intentarlo más!
El mosquito se detuvo y comenzó a girar en breves círculos, mientras yo, entre lágrimas, repetía aquellas y otras expresiones semejantes. No sé si me escuchaba. Parecía estar meditando en qué haría conmigo. Tenía que tomar una decisión importante, para la cual, sin duda, necesitaba la reflexión que sólo facilita el silencio; y yo, en vez de permanecer callado, seguía gimiendo, anhelante, jadeando, con las ropas empapadas de transpiración y llegando, con todo, a observar que las venas de mis manos estaban hinchadas y azules, casi violetas, casi negras. Él pensaba, reflexionaba, cavilaba; era evidente que no se precipitaría a adoptar una decisión de la que luego pudiera arrepentirse. Revoloteaba y revoloteaba, cada vez con más lentitud, como si fuera a detenerse, pero lo exasperante era que no se detenía. Más de media hora duró esta situación, y yo, mientras tanto (con el rostro desencajado, los ojos llenos de lágrimas y temblando de pies a cabeza, esperaba su veredicto y su sentencia —que serían simultáneos—), observaba por la ventana las vagas figuras de los albañiles que trabajaban en la obra en construcción de la vereda de enfrente y pensaba que ellos estaban en un mundo de sol, de aire, de baldes y ladrillos límpidos, un mundo donde no tenía lugar un mosquito siniestro y poderoso que ahora decidiría mi vida o mi muerte…
Y, por fin, el mosquito fue misericordioso: con indecible alivio vi cómo se dirigía parsimoniosamente hacia su zócalo, sin vanidad alguna, pero seguro ya de que yo no me atrevería nunca más a molestarlo.
Después de este episodio, comprendí que debía resignarme a mi suerte. Al fin y al cabo, poco es lo que exige de mí: sus dos tajadas diarias de morcilla y el platito de porcelana. Tengo, sin embargo, un escrúpulo, uno solo: me subleva, me hiere, me humilla estar dominado por un ser tan pequeño, un ser que apenas pesa unos pocos miligramos, cuando mi peso es de casi ochenta kilos. Al mismo tiempo, no me siento en absoluto disminuido por estar bajo las órdenes de un ente irracional —un ente que tiene, literalmente, cerebro de mosquito—. Quizás esta resignación se deba a que muchas veces fui subordinado de gente que no tenía mayor inteligencia que un gato, y, sin duda, mucho menos belleza.
Pero, así como tengo un escrúpulo, tengo también una esperanza. Sé que la vida de un mosquito no dura sino unos pocos meses: por eso, cada mañana echo una furtiva mirada al calendario, esperando el día en que pueda marcar con un lápiz verde que tengo oculto la fecha en que el mosquito muera. Sin embargo, por otra parte, mañana se van a cumplir veinte años desde el día en que fundó su imperio. Esto, aparte de contradecir las leyes naturales, me sumerge en una suerte de alucinación: el pensamiento de que el mosquito es inmortal.
De ser falsa esta idea, caben, a su vez, dos posibilidades:
La primera es que ese mosquito no haya sido siempre el mismo, y que, durante la noche, cuando yo estoy durmiendo, se produzca el relevo del mosquito moribundo por otro más joven y fuerte. Me ha llevado a esta suposición el haber encontrado una mañana, al pie de la mesa del comedor, el cadáver de un mosquito. Es cierto que ésta no es una prueba decisiva: no tengo ninguna seguridad de que ese mosquito muerto sea el que me tenía dominado; acaso fuera un mosquito común y silvestre, de esos que abaten la palmeta y el insecticida.
La segunda posibilidad excluye a la primera. El poderoso podría ser el mosquito muerto, y el que se halla junto al cuadro de las ovejas, un mosquito usurpador, sin poder ninguno, que basa su autoridad en una cuestión de investidura o similitud. Pero, como este argumento no explica los veinte años de dominio, cabría suponer que los mosquitos usurpadores son muchos y efectúan disciplinadamente el relevo. De todos modos, sea como fuere, no osaré asegurarme de ello: podría serme fatal.
Mientras tanto, como nada puedo hacer, pasan los días, los meses, los años. Yo envejezco y me marchito consumido en mi propia angustia y, siempre dominado por un mosquito, continúo en espera de una definición.

[De Imperios y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972.] 


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